Si 20 años han sido necesarios para generar una comunidad de
personas alrededor del comercio mayorista de alimentos de consumo diario, y una
nueva generación ha nacido, crecido y desarrollado junto a ella, es de esperar
que juntas hayan forjado una cultura común que defienden como valedera. La pretensión
de cambios, más aún, sugeridos o
impuesto por otras comunidades la considerarán como agresión o injusticia.
Despreciables actos de violencia mostrados en las calles,
defendiendo “status quo” por unos y presionando
por un pronto cambio por otros, demuestran el odio que puede florecer en unos
instante de ciego razonamiento. Grupos humanos que en principio buscan un fin
común: vivir en tranquilidad y ser feliz las veces que mejor se pueda, de
pronto advierten que están en posiciones encontradas y el sometimiento de unos
por otros es la única solución.
El deseo de ordenar una población por parte de los gestores
y autoridades locales, sea de actividades o espacios físicos, pasa por
comprender las diferentes situaciones y aspectos vinculantes a sus grupos de
interés. Las nuevas formas de planificación incluyen la participación de la
comunidad directamente interesada para acercar los planes a la mejor idea de
objetivo. Si no se permite dicha participación es bastante probable, como
numerosas oportunidades hemos sido testigos,
que los planes de cambios queden truncados o se desate conflictos sociales.
¿Cuando un bien común es prioridad a un bien especifico? Es
la encrucijada que todo líder debe considerar. Hasta ahora son tres los
criterios que ayudan a decidir: economía, moral y ética. Cada lector tiene su
preferencia y seguramente un sustento argumentativo para explicar su criterio.
Vamos a elucidar algunos conceptos.
Conviene destacar previamente que la vida, en la amplitud de
su comprensión, se desarrolla bajo las leyes naturales, es decir aparentemente
sin mayor orden que los que devienen en funciones y ubicaciones manteniendo un equilibrio
designado como ecológico. Equilibrio sin mayor alteración puesto que al no
haber un orden establecido tampoco cabe un desorden. Sin embargo, la existencia
del hombre que aun siendo parte de esta vida, pero con características
distintivas, ocasiona la paradigmática conceptualización de un “debe ser”. Un
orden bajo condiciones favorables a su presencia. Esto no sólo significa que la
vida tiene que favorecer la existencia del hombre, sino además que, sus congéneres
deban vivir favoreciendo esta misma existencia.
De lo anterior, surge la necesidad de establecer formas de
convivencia entre hombres que ha diferencia de otras comunidades biológicas
hacen uso de su capacidad de pensamiento y razón para establecer concepciones comunitarias
según determinados objetivos. Esta propiedad de elaborar formas de convivencia
humana son extrañas a la naturaleza y por tanto artificiales, de ahí que la
vida natural es una y la vida natura-artificial es otra. Estas últimas, tiene
tantos diseños como capacidad para pensar tiene el hombre; por ello son
distintas y a su conjunto se les llama cultura.
Como se establecieron las distintas formas societarias es un
tema que escapa al presente artículo. Ahora bien, entendemos como bien común
aquel beneficio material o abstracto para la mayoría de las personas en un
determinado territorio y beneficio específico aquel que favorece a un grupo
minoritario. Puede usted tener como primera tentación inclinarse por el bien
común pero debemos considerar que las minorías tienen derechos sobre algunos
beneficios puntuales que de no permitírselos serían sujetas a formas
discriminativas en variadas formas. Es decir se sacrificarían de alguna manera
por la mayoría. El equilibrio social incluye por consiguiente una forma
combinada de estos bienes. De esto se desprende el concepto de solidaridad que
no necesariamente significa desprenderse de algo propio para dar a otro que lo
necesita, sino de aceptar que todas las personas tienen derecho por igual a la
posibilidad de una vida digna.
Cuando los criterios son principalmente económicos, se
pretenderá la mayor cantidad de intercambio entre las personas. Esto es la explotación
de recursos para comerciarlos como productos o servicios, para transformar
dichos recursos en productos o servicios de mayor valor utilitario, para comercializar
de manera masiva, al menudeo o en una suerte de cadenas de intercambio según
capacidad de adquisición. En el mejor de los casos se intenta “distribuir
beneficios“ a la mayor cantidad posible de personas. Muchas veces surge el
acaparamiento de beneficios por parte de un grupo en desmedro de otro.
Cuando el criterio es moral, lo que se pretende es un comportamiento
que la mayoría acepta como adecuado. Son las costumbres y prácticas, que aun
sin tener carácter de ley, se espera de cada individuo frente a situaciones que
pueden afectar al sentir y al bienestar de otros. De ahí que muchas veces lo
que se entiende como “principios mínimos de convivencia” pasan por el filtro de
las buenas costumbres más o menos aceptadas universalmente como la honestidad,
la amabilidad, la limpieza, mesura, entre otros valores. Cierto es que, en
algunos grupos sociales, existen normas que podrían ser consideradas como
amorales o inmorales por otras comunidades y es aquí donde se requiere un profundo análisis
antropológico antes de considerarlos aberrantes.
El criterio ético es aun más difícil, pues ¿quién se puede irrogar
el derecho a decidir lo que está bien de aquello que es malo?. Muchas veces
confundimos ética con moral y surgen entonces posiciones que discuten formas de
vida con paradigmas diferentes. Un análisis
ético podría considerar como criterio de referencia la búsqueda del mayor bienestar
humano posible o del menor sufrimiento del mismo.
Desprendemos entonces que gobernar una localidad implica
estas consideraciones al desarrollar planes urbanos, rurales o de cualquier
otra índole y que su parcialización por algunos de ellos o ausencia de estas
consideraciones, decantará en desorden. Una gestión de tamaña responsabilidad requiere
de un(a) gestor(a) competente o rodeado de asesores competentes.