Una de las características de estos movimientos de presión es su contracultura o la búsqueda de la desestabilización del status quo. En lo que me permitido investigar, en la mayoría de movimientos sociales, la violencia en diferentes grados y formas, les ha acompañado como elemento básico para lograr sus objetivos. La conversión hacia sus ideas por parte de los individuos no siempre es por coincidencia de sus ideales, sino más bien por temor a represalias o por conveniencia social, cuando no política.
Cuando las ideas de un grupo minoritario son difundidas y aplicadas de manera sostenida, logrando adhesión y fortalecen sus tejidos sociales; la clase dirigente adquiere poder inusitado y sus seguidores configuran sus ideales iniciales en una forma de dogma, donde todo aquel que no participe o coincida adquiere la condición de no pertenencia. Una suerte de discriminación inversa.
Aun cuando los ideales que se aspiran son para el bien común, el establecimiento de una nueva sociedad o una nueva cultura, muchas veces ha significado muerte, atropellos y vejaciones; contradictoriamente en la búsqueda de un sistema justo estos movimientos caen en el papel de justicieros cuyos actos o decisiones afectaran a culpables e inocentes.
Sólo conozco 2 obras de revolución pacífica: la de Jesús y la de Gandi. Sin embargo los organizadores del cristianismo, muchos años DC, obraron con tal violencia y odio que su fanatismo se comparó con la de sus verdugos años antes.
Sospecho que la mirada alejada de los escalamientos de violencia que se vislumbran en nuestro horizonte andino, sería la actitud más alejada de lo que se entiende como política responsable. Las inteligencias económicas deben ir a la par que las mentes socio territoriales para lograr una estabilidad pacífica y ante la falta de una identidad nacional, creo que SI podemos lograr un sentido de pertenencia nacional.
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